Martín Varsavsky
Empresario
“Cuando una regla queda vieja, conviene trabajar para cambiarla en lugar de esquivarla”
El primer día en el astillero de San Martín, el carpintero jefe me miró las manos (dicen que tengo manos de pianista, aunque no sé tocar el piano) y sonrió: “Pero vos no trabajaste un día de tu vida, ¿no?”. Tenía razón. Era 1977. Los militares me habían echado del colegio y yo había preparado solo, en una biblioteca, 22 materias libres. Me pusieron a lijar quillas de veleros ocho horas por día. Una semana después preguntaron por altoparlante si alguien hablaba inglés. Salí corriendo. Traduje el contrato y le saqué mejores condiciones. Fue mi último día como obrero.
En plena dictadura, pocos meses después del secuestro de mi primo David, nos fuimos a Nueva York como refugiados. Allá, unos amigos vivían como okupas en fábricas vacías de Tribeca y el SoHo. Pensé que lo inteligente era cambiar la norma para legalizarlas. Hicimos campaña hasta conseguir que las recalificaran para uso residencial y las convertimos en lofts. Yo andaba en bicicleta y nunca cobré sueldo: pedía un porcentaje de cada edificio. A los 25 años había desarrollado 50.000 metros cuadrados. De ahí saqué una lección que apliqué muchas veces: cuando una regla queda vieja, conviene trabajar para cambiarla en lugar de esquivarla.
En cada etapa empecé como principiante. Así fue en la medicina reproductiva, con Prelude, Overture Life y Gameto. Hoy Prelude, que ahora se llama Inception, es la cadena de clínicas de fertilidad más grande de Estados Unidos, y en 2024 nació en Lima la primera beba concebida con Fertilo, la tecnología desarrollada por Gameto. Diez años después, me consideran un experto.
Hace décadas fundé MediCorp con César Milstein, premio Nobel de Medicina, y choqué con la lentitud de los reguladores. Con Certuma volví a ese problema, pero esta vez elegí el camino de la aprobación: una IA que asiste al médico, cuyas decisiones se pueden rastrear paso a paso y que pide autorización al regulador para cada uso concreto. Mi convicción es simple: la tecnología que atiende pacientes tiene que poder explicarse ante un médico y ante un regulador.
Nunca perdí la curiosidad. A los 66 volví a programar, dos horas por día, con IA. Sigo siendo el chico que salió corriendo cuando sonó el altoparlante.



































