Federico Lauria
Fundador y CEO de Dale Play
“De esta generación aprendí a reconocer sus valores y aptitudes, a romper prejuicios y a acompañar esa libertad”
Siempre que iba camino a la oficina les preguntaba a los chicos de un colegio qué estaban escuchando, y un nombre se repetía cada vez más a finales de 2016: Duki. Lo busqué hasta que, después de insistir bastante, conseguí una reunión. Se sentó, me miró desafiante y me preguntó: “¿Para qué te necesito? ¿Para qué te quiero?”. Me pegó en el ego, obviamente. Pero enseguida pensé que tenía que demostrarle que podía acompañarlo y aportar valor.
Le dije que teníamos que armar un movimiento que fuera más grande que él. Me interrumpió, se rio y me respondió: “Quedate tranquilo, Fede, los mejores son mis amigos. Ya estamos grabando todos y nos vamos a pegar todos”. Ellos ya estaban soñando, desde una plaza, con conquistar el mundo juntos.
Ahí empecé un proceso de deconstrucción profesional pero, sobre todo, personal. Conocí en él a una de las personas más nobles y maravillosas de mi vida. De Duki y esta generación aprendí de su libertad, de su sensibilidad, a no tenerle miedo al mundo (que desde Argentina se podían lograr y soñar cosas enormes) . Compiten, pero no se envidian. Si a uno le va bien, empuja a todos.
De esta generación aprendí a reconocer sus valores y aptitudes, a romper prejuicios y a acompañar esa libertad. Pudimos armar estructuras de trabajo y plantearnos objetivos, con ellos siempre siendo parte de las decisiones. Si no, no iba a funcionar.
Hoy veo a esos mismos chicos llenando estadios en el mundo, siendo pilotos de F1, emprendiendo. La colaboración fue clave en todo lo que pasó. Lo individual le cede lugar a lo colectivo, el bien común sobre el individual. Tenemos mucho para aportarles, pero también mucho para aprender de ellos.



































