Josefina Helguera
Cofundadora de Rapsodia
“El éxito puede ser un lugar muy exigente: te pide sostenerte, superarte y puede desbalancearte si no lo habitás con equilibrio”
Rapsodia nace desde un desafío compartido con Sol Acuña —íntima amiga y socia— desde la necesidad propia de usar prendas diferentes a la moda minimalista de 1999. Así nos animamos a armar un plan, de la mano de Francisco de Narváez, donde en un “libro violeta”, que fue la piedra fundamental, plasmamos nuestra visión y pasión.
Desde el comienzo nos animamos a soñar en grande. “THINK BIG” era nuestro lema, pero también una manera de mirar la vida: imaginar sin límites, abrir caminos y confiar en que siempre había algo más por descubrir.
Siempre sentí que Rapsodia era mucho más que un lugar de trabajo. Con el tiempo, se fue transformando en un espacio donde cada persona podía poner sus dones al servicio de su pasión y donde cada propósito individual generaba una sinergia amplificando el propósito grupal. La abundancia aparecía como una consecuencia natural de esa energía compartida.
El camino también trajo desafíos. Aprendí que las dificultades son grandes maestras; a mayor dificultad, mayor aprendizaje. Lo importante es dar lo mejor que tenés en cada momento, no importa que por momentos parezca poco: cuando vos das lo mejor, siempre una puerta se abre. Otro gran aprendizaje fue entender que el éxito también puede ser un lugar muy exigente: te pide sostenerte, superarte y puede desbalancearte si no lo habitás con equilibrio.
En 2005, mientras Rapsodia se encontraba en plena expansión, yo atravesaba un momento de mucho estrés y ansiedad. Fue entonces cuando llegué a la meditación. Lo que empezó como una búsqueda para sentirme mejor terminó abriendo una puerta inmensa: descubrí el plano interno, esa fuente infinita donde todo está disponible.
Ahí descubrí que, cuando hay orden y equilibrio adentro, también hay orden y equilibrio afuera. Aprendí a hacer silencio, a escuchar el corazón y a reconocer una inteligencia más profunda que no empuja ni exige, pero sabe mostrarnos el rumbo. Y, sin dudas, aprendí algo esencial: disfrutar el camino. Finalmente, el camino está siempre debajo de nuestros pies.



































